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Evangelio del día y comentario –3 de julio de 2019

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Jn 20, 24-29: ¡Señor mío y Dios mío!

Tomás, apóstol (s. I) Primera lectura: Ef 2, 19-22 Están edificados sobre los apóstoles Salmo responsorial: Sal 116, 1-2

Tomás, llamado Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Él replicó: Si no veo en sus manos la marca de los clavos, si no meto el dedo en el lugar de los clavos, y la mano por su costado, no creeré. 26A los ocho días estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa y Tomás con ellos. Se presentó Jesús a pesar de estar las puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: La paz esté con ustedes. 27Después dice a Tomás: Mira mis manos y toca mis heridas; extiende tu mano y palpa mi costado, en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. 28Le contestó Tomás: Señor mío y Dios mío. 29Le dice Jesús: Porque me has visto, has creído; felices los que crean sin haber visto.

Comentario

Para encontrar a Jesús resucitado un discípulo tiene que estar ligado a la comunidad. No puede estar solito, medio perdido, sin una comunidad de referencia. Eso le pasó a Tomás. Y eso nos pasa hoy a muchos. Así vivió él su itinerario de fe en el Resucitado. En eso sí nos da el ejemplo. Tomás es muy sincero en querer tocar, palpar, asegurarse que ese Jesús no es un fantasma sino el mismo Jesús de Galilea, el de las huellas de la pasión. Esfuerzo interesante de la primera comunidad cristiana y de las narraciones evangélicas que hicieron crónica de esa aventura maravillosa de relacionar al Jesús de Galilea con el Resucitado. El Cristo resucitado es el mismo Crucificado. Esa es la verdadera resurrección: morir primero con Cristo para acompañarle en su resurrección. Hoy las heridas de la humanidad, son las heridas de huérfanos, de viudas, de refugiados, de niños y niñas abusados. Es la carne del Cristo de la Pasión. Nuestra tarea es convertirlas en cicatrices gloriosas.