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Evangelio del día y comentario – 14 de mayo de 2019

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Jn 15, 9-17: No me eligieron ustedes a mí

Matías, apóstol (s. I) Primera lectura: Hch 1, 15-17.20-26 Asociaron a Matías a los Apóstoles Salmo responsorial: Sal 112, 1-8

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó así yo los he amado: permanezcan en mi amor. 10Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 11Les he dicho esto para que participen de mi alegría y sean plenamente felices. 12Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. 13Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos. 14Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. 15Ya no los llamo sirvientes, porque el sirviente no sabe lo que hace su señor. A ustedes los he llamado amigos porque les he dado a conocer todo lo que escuché a mi Padre. 16No me eligieron ustedes a mí; yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto, un fruto que permanezca; así, lo que pidan al Padre en mi nombre él se lo concederá. 17Esto es lo que les mando, que se amen unos a otros.

Comentario

La comunidad de Juan pone en boca de Jesús un discurso de despedida en dos partes vinculantes. En una, la exigencia para la comunidad es dar fruto y permanecer (15, 1-8) y, en la que leemos hoy, una invitación a permanecer en el amor (15, 9-17). El amor de Jesús hacia sus discípulos procede del Padre y es paradigma y causa de amor discipular. Con lo cual, la misión de Jesús, la de sus enviados, la nuestra y la de las próximas generaciones se define por la “acción amorosa” de Dios que renueva la totalidad de la existencia individual, social y cósmica del ser humano, “junto con” la tarea histórica que tenemos de construir relaciones “trascendentes” sostenidas por vínculos de “amor afectivo”, que cultiva lazos fraternos, de “amor efectivo”, que dona potencialidades y condiciones para que el otro realice plenamente la vida, y “amor oblativo” que transforma las relaciones humanas desplegándolas como práctica del servicio y cuidado mutuo. Es este el don y la vocación que nos hace y nos define como “amigos de Dios y de Jesús”.