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Comentario al Evangelio – 9 de enero 2019

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Mc 6, 45-52: Lo vieron andar sobre el lago

Julián, mártir (303) Primera lectura: 1Jn 4, 11-18 Dios permanece en nosotros Salmo responsorial: Sal 71, 1-2. 10-13

Enseguida obligó a sus discípulos a que se embarcaran y lo precedieran a la otra orilla, a Betsaida, mientras él despedía a la gente. 46Después de esto, subió al monte a orar. 47Anochecía y la barca estaba en medio del lago y él a solas en la costa. 48Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, hacia la madrugada se acercó a ellos caminando sobre el agua, intentando adelantarlos. 49Al verlo caminar sobre el lago, creyeron que era un fantasma y gritaron, 50porque todos lo habían visto y estaban espantados. Pero él inmediatamente les habló y les dijo: ¡Anímense! Soy yo, no teman. 51Subió a la barca con ellos y el viento cesó. Ellos estaban absolutamente pasmados; 52ya que no habían entendido lo de los panes, pues tenían la mente cerrada.

Comentario

La plenitud del amor de Dios en el creyente es la presencia del Espíritu Santo, quién se distingue por ser una presencia dinámica que mueve a actuar como Dios actúa: amando. Por el contrario, el síntoma más claro de que el creyente no está en comunión con Dios es su falta de amor. El amor cristiano no es un sentimiento, ni afección, sino una virtud a la que también llamamos caridad; junto con la fe y la esperanza, la caridad conforma la vida espiritual del creyente en comunión progresiva con Dios. La madurez del amor del creyente es como un desplazamiento del foco de atención desde el yo individual y ávido de referencia al tú, en el que se descubren vínculos unitivos nuevos. Quizá la moción primera para acercarse a Dios sea el interés por evitar la condenación eterna, o los beneficios que su relación pudiera reportarle al alma. Estos motivos, legítimos como son, están todavía centrados en el yo. Y, por eso, los santos hablan de la necesidad de purificarlos. ¿De qué requerimos purificar nuestro amor?