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Comentario al Evangelio – 8 de abril de 2019

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Jn 8, 12-20: Yo soy la luz del mundo

Dionisio (s. II) Primera lectura: Dn 13, 1-9.15-17.19-30.33-62 Ahora tengo que morir Salmo responsorial: Sal 22, 1-6

Jesús les habló de nuevo diciendo: Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. 13Le dijeron los fariseos: Tú das testimonio a tu favor: tu testimonio no es válido. 14Jesús les contestó: Aunque doy testimonio a mi favor, mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y adónde voy; en cambio ustedes no saben de dónde vengo ni a dónde voy. 15Ustedes juzgan según criterios humanos, yo no juzgo a nadie. 16Y si juzgase, mi juicio sería válido, porque no juzgo yo solo, sino con el Padre que me envió. 17Y en la ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es válido. 18Yo soy testigo en mi causa y es testigo también el Padre que me envió. 19Le preguntaron: ¿Dónde está tu padre? Jesús contestó: Ustedes no me conocen ni a mí ni a mi Padre. Si me conocieran a mí, conocerían a mi Padre. 20Estas palabras las pronunció junto al lugar del tesoro, cuando enseñaba en el templo. Nadie lo detuvo, porque no había llegado su hora.

Comentario

El pecado es señal de que caminamos en la oscuridad. Ser cristiano es vivir en la luz, reconocer que Dios es luz y que Jesús es la luz de Dios. La luz siempre traerá conflicto, contradicción, problemas. Por eso, la invitación a vivir una experiencia de Cuaresma es, en definitiva, caminar preparándonos al encuentro de la luz; es caminar hacia Aquel que es la luz verdadera; luz que el sábado de gloria irradiará sobre nostros sin ocaso, sin fin. Jesús es la luz del mundo. Esta es la gran revelación del Evangelio. En Mateo y en Lucas, se nos dice que las tinieblas y el caos estaban antes de la crucifixión de Jesús. Con la muerte de Jesús la humanidad conoce la nueva luz y llega el fin del imperio de la muerte. –Estamos a las puertas de los días santos, en los que recordamos la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Intentemos vivir estos días con el gozo y la alegría necesarios, pero sobre todo con la preparación debida, para que Jesús alumbre nuestra vida y, desde nuestra vida, llegue la luz a la humanidad. Entonces podremos decir que la Cuaresma ha sido luz para nuestras vidas.