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Comentario al Evangelio – 5 de enero 2019

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Jn 1, 43-51: ¡Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel!

Juan Newmann (1860) Primera lectura: 1Jn 3, 11-21 Amamos a nuestros hermanos Salmo responsorial: Sal 99, 1-5

En aquel tiempo, Jesús decidió partir para Galilea, encuentra a Felipe y le dice: Sígueme. 44Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y Pedro. 45Felipe encuentra a Natanael y le dice: Hemos encontrado al que describen Moisés en la ley y los profetas: Jesús, hijo de José, el de Nazaret. 46Responde Natanael: ¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret? Le dice Felipe: Ven y verás. 47Viendo Jesús acercarse a Natanael, le dice: Ahí tienen un israelita de verdad, sin falsedad. 48Le pregunta Natanael: ¿De qué me conoces? Jesús le contestó: Antes de que te llamara Felipe, te vi bajo la higuera. 49Respondió Natanael: Maestro, tú eres el Hijo de Dios, el rey de Israel. 50Jesús le contestó: ¿Crees porque te dije que te vi bajo la higuera? Cosas más grandes que estas verás. 51Y añadió: Les aseguro que verán el cielo abierto y los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre

Comentario

La fe cristiana no se distingue por la brillantez de sus explicaciones teológicas, ni por la integridad de las autoridades que la proponen, ni siquiera por el número de adeptos. Lo distintivamente cristiano es el modo de vivir de quien se dice discípulo del Resucitado. Ser discípulo comporta una marca contracultural en su identidad que no le permite ajustarse a los modos que la cultura del entorno propala. Si el cristiano no experimenta “el odio del mundo”, incluso en una sociedad cristianizada, quizá sea porque esa marca está diluida, y con ella su identidad bautismal más profunda. No se trata de vivir victimizados ni segregados frente al mundo, sino de mantener fresca la fidelidad a la causa de Jesús de Nazaret que lo volvió víctima de los poderes del mundo. El discípulo no reacciona con odio, ni se queda en el lado oscuro de la existencia; por el contrario, como san Juan anota, da el paso a la vida. Amar al hermano es el signo pascual por excelencia, porque construye puentes y no muros. ¿Qué hacemos para amar de verdad al hermano?