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Comentario al Evangelio – 4 de diciembre 2018

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Lc 10,21-24: Jesús se llenó de la alegría del Espíritu

Juan Damasceno (749) Primera lectura: Is 11,1-10 Sobre él se posará el Espíritu Salmo responsorial: Sal 71,1-2.7-8.12-13.17

En aquel tiempo, con el júbilo del Espíritu Santo, dijo Jesús: ¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla! Sí, Padre, ésa ha sido tu elección. 22Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo decida revelárselo. 23Volviéndose aparte a los discípulos, les dijo: ¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven! 24Les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; escuchar lo que ustedes escuchan, y no lo escucharon.

Comentario

Llama la atención cuando los niños se admiran de cosas que para los adultos son insignificantes. Ellos tienen la capacidad de admirarse de una flor, una puesta de sol, un riachuelo, una hormiga… Con el paso de los años vamos perdiendo la capacidad de contemplar las maravillas de Dios que se manifiestan en pequeñas realidades. Jesús se admira de la revelación del Padre a los pequeños e “ignorantes”, a aquellos que no tienen poder, que no ostentan títulos, que no poseen viviendas, ni autos, ni aparatos lujosos y costosos. Ya lo dice Pablo, Dios se manifiesta en lo que este mundo tiene por basura. Aprendamos, como Jesús, a contemplar y valorar lo sencillo, lo pequeño, lo humilde e insignificante; aquello que tiene poco o ningún valor para esta cultura de la opulencia y el derroche. En este adviento, preguntémonos sinceramente por nuestra sensibilidad frente a lo pequeño que hay a nuestro alrededor. Ahí está lo esencial.