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Comentario al Evangelio – 8 de febrero 2015

Sanó a muchos enfermos

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo hicieron saber enseguida. Él se acercó a ella, la tomó de la mano y la levantó. Se le fue la fiebre y se puso a servirles. Al atardecer, cuando se puso el sol, le llevaron toda clase de enfermos y endemoniados. Toda la población se agolpaba a la puerta. Él sanó a muchos enfermos de dolencias diversas y expulsó a numerosos demonios, a los que no les permitía hablar, porque lo conocían. Muy de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, se levantó, salió y se dirigió a un lugar despoblado, donde estuvo orando. Simón y sus compañeros lo buscaron y cuando lo encontraron, le dijeron: —Todos te están buscando. Les respondió: —Vámonos de aquí a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues a eso he venido. Y fue predicando en sus sinagogas y expulsando demonios por toda Galilea.

REFLEXIÓN

Job se dirige, por primera vez, directamente a Dios. Hace una larga descripción de su enfermedad, para comprobar que le lleva directamente a la muerte y al olvido. Compara la condición humana a la de un esclavo o un soldado, con todo lo que estas vidas tenían de enajenación y de decadencia en aquella época. Por su parte, Pablo subraya que su vocación es una carga. No ha sido él quién la ha escogido, sino que está al servicio de un Señor que le impone una tarea. El oportunismo de que el apóstol da muestras a veces no puede atribuirse, por tanto, a un afán de notoriedad personal o a la defensa de los derechos adquiridos. Pablo es más explícito a este propósito: el cargo apostólico es una réplica de la misión del siervo paciente (Is 50,4-11). Pablo ha comparado muchas veces su ministerio en Corinto con la misión del siervo de Dios. El relativismo del apóstol en determinados problemas no es, pues, una política personal, sino el signo mismo de su misión al servicio del Señor, que le impone servir a cada uno de los seres humanos adaptándose a todo lo que es bueno en ellos, con el fin de que todo eso se convierta en piedra de toque del reino de Dios. El evangelista Marcos presenta el sumario sobre los milagros de Jesús. Pertenece a un género literario muy especial. Se trata de un cuadro de conjunto en el que abundan los procedimientos de generalización, incluso de exageración: por ejemplo, en la mención del nú- mero considerable de enfermos sanados. En este sumario hay lugar hasta para las intervenciones personales, y Marcos no deja de introducir un tema que le resulta predilecto: el silencio que Jesús impone a los demonios o a los sujetos del milagro, al comienzo de su ministerio. Esta reacción es muy comprensible y consiste en una especie de pudor que el hombre experimenta hacia todo lo que en él viene de más arriba que él. Jesús oculta su poder taumaturgo o sanador porque lo considera como una fuerza superior a sus medios humanos, y porque no quiere que su mesianismo y su poder sean entendidos en forma distorsionada. Marcos ha visto en ese silencio una defensa contra la incomprensión de que el Maestro se ve envuelto. La palabra que está sembrando corre el peligro de ser recibida con un entusiasmo demasiado nacionalista y de provocar desagradables juicios desestimativos respecto a su misión, como para que Jesús desconfíe de una publicidad demasiado exterior y fanática. Jesús rechaza el éxito ambiguo; el ideal misionero es el fermento de su vida. El evangelista subraya la preocupación de Jesús por educar ya a sus discípulos en este estilo de vida misionera.

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Comentario al Evangelio – 7 de febrero 2015

Andaban como ovejas sin pastor

Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: – Vengan ustedes solos, a un paraje despoblado, a descansar un rato. Porque los que iban y venían eran tantos, que no les quedaba tiempo ni para comer. Así que se fueron solos en barca a un paraje despoblado. Pero muchos los vieron marcharse y se dieron cuenta. De todos los poblados fueron corriendo a pie hasta allá y se les adelantaron. Al desembarcar, vio un gran gentío y sintió lástima, porque eran como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles muchas cosas.

REFLEXIÓN

Con este pasaje inaugura Marcos una nueva sección de su Evangelio. No se trata ya de los primeros pasos apostólicos de Jesús, ni de las victorias sobre la enfermedad y los demonios, sino de una sección particular, unificada en torno al tema del pan: dos multiplicaciones de panes (Mc 6,30- 44; 8,1-10), discusiones sobre el sentido de las abluciones o lavatorios antes de comer el pan, y sobre la falsa levadura (Mc 7,1-23; 8,11-20), discusión con una pagana a propósito de las migajas de pan que solicita (Mc 7,24-30), etc. Por eso suele llamarse a esta parte del Evangelio de Marcos la “sección de los panes”. De hecho, se trata más bien de una serie de relatos. El texto de hoy trata de introducir la sección poniendo de relieve el papel importante que desempeñan los discípulos. El v. 34, específico de Marcos, es muy significativo. El tema del rebaño sin pastor está tomado de Nm 27,17, y en él se refleja la preocupación de Moisés por encontrar un sucesor para no dejar al pueblo sin dirección. Jesús se presenta así como el sucesor de Moisés, capaz de conducir el rebaño, de alimentarlo con pastos de vida y conducirlo a los pastos definitivos. Toda la sección de los panes está concebida de tal forma que Jesús aparece efectivamente como ese nuevo Moisés que ofrece el verdadero maná. Dichosos quienes tenemos semejante Pastor, si nos dejamos conducir por él.

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Comentario al Evangelio – 6 de febrero 2015

Es Juan, a quien yo le corté la cabeza, y que ha resucitado

Herodes había mandado arrestar a Juan y lo había encarcelado, por instigación de Herodías, esposa de su hermano Felipe, con la que se había casado. Herodías quería darle muerte; pero no lo lograba, porque Herodes respetaba a Juan; lo protegía y lo escuchaba con agrado. Herodes ofreció un banquete a sus dignatarios, sus comandantes y a la gente principal de Galilea. Entró la hija de Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los convidados. El rey dijo a la muchacha: – Pídeme lo que quieras, que te lo daré. Y juró: – Aunque me pidas la mitad de mi reino, te lo daré. Ella salió y preguntó a su madre, se acercó al rey y le pidió: – Quiero que me des inmediatamente, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista. El rey se puso muy mal; pero por el juramento y por los convidados, no quiso contrariarla. El centinela fue, decapitó a Juan en la prisión, trajo en una bandeja la cabeza y se la entregó a la muchacha; ella se la entregó a su madre.

REFLEXIÓN

Marcos refiere la ejecución de Juan Bautista con el fin de poner término a los rumores que corrían sobre la resurrección de Juan en la persona de Jesús. Unos rumores a los que el mismo Herodes, en sus remordimientos, no permanecía insensible. Pero no se trata de una resurrección: Juan está muerto, y los testigos conocen el lugar de su sepultura. Aparte de esa finalidad de prevenir toda confusión entre Juan y Jesús, Marcos se complace en proporcionar numerosos detalles, la mayoría de ellos originales, sobre el martirio de Juan Bautista. La gente se pregunta acerca de Jesús, valorándolo cada cual según sus ideales y expectativas. Pero todos lo ven desde categorías puramente humanas que no son las acertadas para definirlo. Con la enumeración de tales opiniones, el evangelista prepara la pregunta que Jesús mismo hará finalmente a los suyos: “Y ustedes, quién dicen que soy yo?” (Mc 8,29). La muerte violenta del precursor se convierte en signo premonitorio de la suerte que espera a Jesús, así como de la reservada a los discípulos. Es la suerte del profetismo que incomoda, denuncia, enrostra y desenmascara el mal. ¿Es el nuestro de esta forma, o más bien anodino, condescendiente y tímido?

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Comentario al Evangelio – 5 de febrero 2015

Los fue enviando de dos en dos

Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les encargó que no llevaran más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja, que fueran calzados con sandalias pero que no llevaran para el camino dos túnicas. Les decía: – Cuando entren en una casa, quédense allí hasta que se marchen. Si en un lugar no los reciben ni los escuchan, salgan de allí y sacudan el polvo de los pies como protesta contra ellos. Se fueron, y predicaban que se arrepintieran; expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban.

REFLEXIÓN

Para el evangelista Marcos, Jesús tiene perfecta conciencia de su misión, pero al contrario de los maestros de su tiempo, que se rodean de algunos discípulos en el seno de una escuela o las puertas de una ciudad, él ha querido ser itinerante (v. 6), con el fin de llegar a la mayor cantidad de gente en su propia situación de vida. Si admite discípulos no lo hace para estar con ellos a la manera de los rabinos judíos de su tiempo, sino para asociarlos a sus recorridos misioneros y multiplicar así su misión. El contenido de la predicación de los discípulos es aún, por una parte, el que Jesús ha recibido de Juan Bautista: la conversión y el arrepentimiento (v. 12, específico de Marcos). Pero Juan Bautista se limita a predecir la proximidad del reino; los discípulos de Jesús son enviados para hacerle visible y actual: arrojan los demonios y curan las enfermedades, convencen a las gentes de su liberación de las fuerzas del mal y de su incorporación a una nueva soberanía. Esta atención a los pobres y a los enfermos diferencia igualmente a Jesús y a sus discípulos de los fariseos y de los demás maestros de la sabiduría, poco atentos a las clases indigentes. ¿Se diferencia de igual modo nuestra forma de evangelización?

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Comentario al Evangelio – 4 de febrero 2015

A un profeta sólo lo desprecian en su patria

Jesús se dirigió a su ciudad acompañado de sus discípulos. Un sábado se puso a enseñar en la sinagoga y la multitud que lo escuchaba comentaba asombrada: – ¿De dónde saca éste todo eso? ¿Qué clase de sabiduría se le ha dado, que realiza tamaños milagros con sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas? Y esto era para ellos un obstáculo. Jesús les decía: – A un profeta sólo lo desprecian en su patria, entre sus parientes y en su casa. Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos a quienes impuso las manos. Y se asombraba de su incredulidad. Después recorría los pueblos vecinos enseñando.

REFLEXIÓN

En el curso de su ciclo misionero Jesús pasa por Nazaret, la ciudad de su familia. El sábado habla en la sinagoga conforme a las reglas admitidas entonces para el Comentario de la lectura (Lc 4,16-30), pero no cosecha más que indiferencia y repulsa. Marcos hace que su lector asista a una nueva manifestación de desconocimiento del pueblo respecto de Jesús. Este habla “con autoridad” no sólo porque su exposición es diferente de la dialéctica tradicional de los escribas, sino, sobre todo, porque su discurso no es evidentemente admisible si antes no se siente apego a su persona. No se presenta tan sólo como “rabino” frente a sus discípulos, sino como hombre que previamente a toda ense- ñanza quiere que se establezcan estrechas relaciones de confianza mutua. Jesús intensifica, pues, su papel de rabino: no se somete decididamente a los cuadros tradicionales; sitúa su enseñanza en un plano no habitual, buscando primero una apertura y una confianza que constituyen la auténtica ejercitación de la “fe” (v. 6). La pobreza y sencillez de los padres de Jesús resultan inaceptables a aqué- llos que esperaban un Mesías maravilloso (Jn 7,2-5). La intención de Jesús es, por el contrario, revelar la significación salvadora de esta pobreza: la felicidad no se adquiere ya a fuerza de acontecimientos extraordinarios, signos del poder divino, sino por medio de un Dios que asume toda la humanidad en su pobreza. Descubrir que Dios está, precisamente, en lo modesto, sencillo y pobre: una consigna vigente hoy como nunca frente a los antivalores de nuestra sociedad.

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Comentario al Evangelio – 3 de febrero 2015

Niña, te lo digo a ti, ¡levántate!

Jairo se postró a los pies de Jesús y le suplicó: – Mi hijita está agonizando. Ven y pon las manos sobre ella para que se sane y conserve la vida. Se fue con él. Había una mujer que llevaba doce años padeciendo hemorragias; había sufrido mucho, oyendo hablar de Jesús, se mezcló con la multitud, y por detrás le tocó el manto. Porque pensaba: Con sólo tocar su manto, me salvaré. Al instante desapareció la hemorragia, y sintió en el cuerpo que estaba sana. Jesús se volvió y preguntó: – ¿Quién me ha tocado el manto? La mujer, asustada y temblando, le confesó la verdad. Él le dijo: – Hija, tu fe te ha sanado. Vete en paz y sigue sana de tu dolencia. Aún estaba hablando cuando llegan los enviados del jefe de la sinagoga para decirle: – Tu hija ha muerto. Jesús, dijo al jefe de la sinagoga: – No temas, basta que tengas fe. Entra en la casa y les dice: La niña no está muerta, sino dormida. Agarrando a la niña de la mano, le dice: Talitha qum –que significa: Niña, te lo digo a ti, ¡levántate! Al instante la muchacha se levantó y se puso a caminar –tenía doce años–. Ellos quedaron fuera de sí del asombro. Entonces les encargó encarecidamente que nadie lo supiese. Después dijo que le dieran de comer.

REFLEXIÓN

La resurrección de la hija de Jairo va acompañada, en los tres sinópticos, de la curación de la hemorroísa. Quizá una palabra clave como los doce años (vv. 25 y 42) contribuyó a enlazar ambas tradiciones; quizá se debió a la realidad histórica en sí. La situación del Jesús desconocido hasta en los milagros que realiza se repite en el episodio de la hija de Jairo. Parece como si él no hubiera llegado a dominar su poder. Luce como torpe y distante de la multitud, a la que despide presuroso (v. 40); sólo lleva consigo a sus tres discípulos de siempre, como para tener un testimonio de autenticidad; no presta atención a los parientes (v. 37), y reprocha a los deudos (v. 39). ¿Por qué? Lucas deberá hacer muchos retoques para imprimir a la escena un tono de bondad. Pero la actitud de Jesús es comprensible frente a la posibilidad de que distorsionen su misión, lo consideren un simple sanador, no entiendan que los milagros son signo de su mesianismo y que se requiere de la fe para entrar en la dimensión de donación. “Hija, tu fe te ha sanado”. “No temas, basta que tengas fe”. Por sobre la larga adversidad y hasta por encima de la muerte, ése es el mensaje, entonces y siempre.

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Comentario al Evangelio – 2 de febrero 2015

Este niño será signo de contradicción

Sus padres llevaron a Jesús a Jerusalén para presentárselo al Señor, como manda la ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor; además ofrecieron el sacrificio que manda la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones. Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que esperaba la liberación de Israel y se guiaba por el Espíritu Santo. Le había comunicado el Espíritu Santo que no moriría sin antes haber visto al Mesías del Señor. Conducido, por el mismo Espíritu, se dirigió al templo. Cuando los padres introducían al niño Jesús para cumplir con él lo mandado en la ley, Simeón tomó al niño en brazos y bendijo a Dios diciendo: – Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar que tu servidor muera en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, que has dispuesto ante todos los pueblos como luz para iluminar a los paganos y como gloria de tu pueblo Israel. Estaba allí la profetisa Ana, de edad avanzada. Se presentó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a cuantos esperaban la liberación de Jerusalén.

REFLEXIÓN

Este pasaje evangélico agrupa dos episodios diferentes: la presentación de Jesús en el Templo, y su vida oculta en familia. La liturgia reúne ambos textos con la finalidad de presentar una vida de familia vivida con sencillez pero con referencia explícita a Dios. La lección sobre la vida oculta de Jesús es muy importante. Aún cuando sea Dios, él sigue las leyes naturales del crecimiento humano, tanto en el plano físico como en el de la sabiduría y del conocimiento. Pasando por la infancia, la pubertad, la adolescencia, vive una Kénosis o “abajamiento” en que va asumiendo la humanidad en un ocultamiento simultáneo de su Divinidad. Siendo hijo de Dios, como lo es, acepta no conocer sino progresivamente la orientación de su vida y no descubrir la voluntad de su Padre sino a través del plano de relación y educación que le ofrece un medio familiar y pueblerino de donde “no podía salir nada bueno” (Jn 1,46). Desde su conciencia de niño todavía balbuceante, y hasta su conciencia de mortal terriblemente asustado a la hora de su sacrificio, Jesús ha inscrito realmente en su vida humana la Palabra del Padre, y ha establecido por primera vez una adecuación total entre una voluntad de hombre y la voluntad de Dios.

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Comentario al Evangelio – 1 de febrero 2015

No enseñaba como los letrados, sino con autoridad

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún y el sábado siguiente entró en la sinagoga a enseñar. La gente se asombraba de su ense- ñanza porque lo hacía con autoridad, no como los letrados. Precisamente en aquella sinagoga había un hombre poseído por un espíritu inmundo, que gritó: —¿Qué tienes contra nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: ¡el Consagrado de Dios! Jesús le increpó: —¡Calla y sal de él! El espíritu inmundo sacudió al hombre, dio un fuerte grito y salió de él. Todos se llenaron de estupor y se preguntaban: —¿Qué significa esto? ¡Una enseñanza nueva, con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les da órdenes y le obedecen. Su fama se divulgó rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

REFLEXIÓN

El pasaje de la primera lectura figura en la sección que dedica el Deuteronomio a las instituciones y los ministerios del pueblo elegido. Después de haber hablado sobre el rey y el sacerdote, lo hace sobre el profeta. El tema está introducido por una descripción que prohíbe a Israel recurrir a la adivinación como lo hacen los paganos (Dt 18,9-14). En efecto, para los hebreos el único medio de conocer la voluntad de Dios será recurriendo a los profetas (vv. 15-20). El pasaje termina enunciando los criterios que permiten reconocer al verdadero profeta (vv. 21-22), luego que ha presentado a Moisés como cabal profeta (v.15). El profeta tiene una superioridad muy clara sobre el rey y el sacerdote: mientras el primero de éstos se atiene al comportamiento político y el segundo a la esfera cultual, el profeta lleva la Palabra de Dios en cualquier circunstancia de la vida individual y social. El profeta tiene, finalmente, el poder de transformar sus palabras en actos. Moisés es realmente un profeta, y el autor, que escribe probablemente en el tiempo de los grandes profetas de Israel, sabe lo que dice cuando considera a Moisés como el de mayor importancia entre ellos. Habrá que esperar la llegada de Jesús para encontrar un profeta más importante que Moisés, que libere a la Palabra del poder del sacerdocio y del político para hacerla la presencia activa de Dios en el seno de la realidad más cotidiana. San Pablo, en su primera carta a los Corintios, hace caer en la cuenta que a partir de Jesús cada individuo vive la presencia de Dios en sí mismo, y el cristiano deposita su vida entera en ella. Pero no puede vivir sino en relación con los acontecimientos y con los demás hombres. El estado matrimonial, aun cuando llegue a perder su papel exclusivo de perpetuar la raza, sigue siendo el lugar por excelencia en que se vive la presencia de Dios en relación interpersonal. De todas formas, esa presencia es implícita; no se hará explícita sino en el reino, cuando Dios sea todo en todos. El milagro que relata el evangelista Marcos está presentado en el contexto de un género literario empleado en gran número de estos casos: descripción del estado del enfermo, autoridad soberana y poderosa de Jesús, eficacia inminente de su palabra o de su gesto, y finalmente la reacción de la multitud. Una forma literaria de ese tipo tiene como finalidad revelar el poder de Cristo. En la descripción de los milagros de Jesús, Marcos se contenta frecuentemente con ese tipo de poder. Lo describirá sobre todo en oposición al influjo ejercido hasta entonces por los demonios. Para la mentalidad de su tiempo, en efecto, la humanidad está sometida a los “espíritus impuros”, que son la causa de las enfermedades y de la muerte. Pero Dios debe poner término algún día a este imperio tiránico por medio de su Enviado, el “Santo de Dios”. Para Marcos el milagro no es, en primer término, más que el arma por excelencia del enviado de Dios contra el poder de los “espíritus impuros”, a los que ataca precisamente allí donde dejan de manifiesto su presencia: la enfermedad y la muerte. Interesa revalorizar el poder con que Jesús se manifiesta cual enviado de Dios. Parece que, al menos en Marcos, ese poder es ya el de la Resurrección. El milagro no se comprende sino con referencia al misterio de la Pascua.

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Comentario al Evangelio – 31 de enero 2015

Hasta el viento y el lago le obedecen

Aquel día al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: – Pasemos a la otra orilla. Ellos despidieron a la gente y lo recogieron en la barca tal como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un viento huracanado, las olas rompían contra la barca, que se estaba llenando de agua. Él dormía en la popa sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: – Maestro, ¿no te importa que naufraguemos? Él se levantó, increpó al viento y ordenó al lago: – ¡Calla, enmudece! El viento cesó y sobrevino una gran calma. Y les dijo: –¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe? Llenos de temor se decían unos a otros: –¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?

REFLEXIÓN

La barca en medio de la tempestad ha sido frecuentemente considerada como una alegoría de la Iglesia. Y esta imagen adquiere todo su sentido en la actual coyuntura de la Iglesia en el mundo. Lo mismo que los discípulos, la Iglesia ha abandonado a las muchedumbres llevándose a Jesús consigo, y hoy en día se encuentra aislada en sus instituciones seculares y de proa a una profunda tempestad. También los llamados corren el riesgo de aislarse a pesar de su propia disciplina, de su fe, de su consagración; y esto, a su vez, es un gran desorden. ¿La solución? ¿Recurrir a los poderes de Dios? ¿Al poder de su palabra amenazadora? ¿Apelar simplemente a lo sobrenatural? Quizá; pero entonces se corre el riesgo de tener que oír que nos digan: “¿Todavía no tienes fe?”. Porque la fe no debe empujarnos a utilizar la seguridad de las instituciones eclesiales o clericales, sino a contemplar a Jesús muerto y resucitado; a comprometerse en la misma muerte… y volver a la orilla a mezclarse con las muchedumbres. Por el miedo, la Iglesia se aísla; en virtud de la fe, rehúsa plantear hacia afuera su propio problema. Pero el lugar de la verdad es para la Iglesia el mundo; no otro.

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Comentario al Evangelio – 30 de enero 2015

¿Con qué compararemos el reino de Dios?

Decía Jesús a sus discípulos: – El reino de Dios es como un hombre que sembró un campo: de noche se acuesta, de día se levanta, y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce fruto: primero el tallo, luego la espiga, y después el grano en la espiga. En cuanto el grano madura, mete la hoz, porque ha llegado la cosecha. Decía también: – ¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Con qué parábola lo explicaremos? Con una semilla de mostaza: cuando se siembra en tierra es la más pequeña de las semillas; después de sembrada crece y se hace más alta que las demás hortalizas, y echa ramas tan grandes que las aves pueden anidar a su sombra. Con muchas parábolas semejantes les exponía la palabra adaptándola a la capacidad de sus oyentes. Sin parábolas no les exponía nada; pero aparte, a sus discípulos les explicaba todo.

REFLEXIÓN

Jesús es atacado por los judíos: ¡si se presenta como Mesías, que muestre los signos precursores del reino! Jesús les responde que no hay signos extraordinarios. Dios deja crecer la semilla lentamente, pero se debe esperar; no hay continuidad absoluta entre ese laborioso parto del reino de Dios y su manifestación en plenitud. Que quienes colaboren en la instauración del reino no pierdan su confianza en Dios. El ha comenzado, y tras el silencio vendrá el cumplimiento de su obra. Que se le espere con paciencia; sin querer adelantarse a él. Y quienes no quieran creer en el reino sino en el momento de su manifestación, estén muy atentos: ese reino está ya cerca de ellos en Jesús, y hay que saber reconocerlo actuando en la pobreza de los medios y la lentitud del crecimiento. La parábola del grano de mostaza alimenta la confianza en Dios al subrayar el contraste entre los humildes comienzos del reino y la magnitud de la tarea. Con esta parábola Jesús ha querido, seguramente, responder a la objeción de quienes se oponían a la pequeñez de los medios utilizados por él para la gloria del reino esperado. Es desde la pequeñez donde Dios se manifiesta plenamente. Desde lo que no cuenta para los poderes de este mundo, desde la insignificancia, es cuando Dios acontece con más fuerza. “En la oscuridad de la vida es cuando mayor se puede ver la luz”, diría santa Teresa de Jesús.

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Comentario al Evangelio – 29 de enero 2015

El que tenga oídos para oír, que escuche

Jesús decía a sus discípulos: – ¿Se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿No se coloca en el candelero? Nada hay oculto que no se descubra, nada encubierto que no se divulgue. El que tenga oídos para oír, que escuche. Les decía también: – Tengan cuidado con lo que oyen: la medida con que midan la usarán con ustedes, y aún más. Porque al que tiene se le dará; pero al que no tiene se le quitará aún lo que tiene.

REFLEXIÓN

Marcos ha agrupado en este pasaje dos parábolas que seguramente no lo estaban en principio. La parábola de la lámpara (vv.21-23) la reproduce sin duda en su versión original: su estilo interrogante es, en efecto, característico de una fuente próxima a la tradición oral; y el v.23 es estribillo punzante en esta tradición primitiva para subrayar la gravedad de la enseñanza prodigada. La parábola de la lámpara es un simple proverbio destinado primitivamente a explicar la necesidad de pasar a los hechos: quien ha comprendido algo no puede callárselo, y toda su actividad debe estar marcada por esta circunstancia. Pero al añadir a esta parábola el v.22, Marcos la introduce en el ámbito de su doctrina sobre la escucha de la Palabra y sobre el secreto mesiánico. En estas condiciones, la lámpara designa la doctrina de Jesús. Por el momento está velada y no es comprendida, pero vendrá un día en que quedará al descubierto; y “quienes no hayan comprendido” las palabras “misteriosas” serán condenados y juzgados en el momento de esa manifestación. Mientras la Palabra de Dios es proclamada bajo el régimen de la fe, es como una lámpara bajo un cajón o una cama: no se advierte su claridad sino en la penumbra; hay que entregarse con confianza y fidelidad a esa lámpara para que realmente ilumine. Pero el reino está en proceso de crecimiento; la lámpara estará algún día sobre el candelabro y glorificará a quienes, en el secreto y el misterio, han puesto su confianza en ella.

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Comentario al Evangelio – 28 de enero de 2015

Salió el sembrador a sembrar

Jesús les decía: –Salió un sembrador a sembrar. Al sembrar, unas semillas cayeron junto al camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, con poca tierra. Al faltarles profundidad brotaron enseguida; pero al salir el sol se marchitaron, y como no tenían raíces se secaron. Otras cayeron entre espinos: crecieron los espinos y las ahogaron, y no dieron fruto. Otras cayeron en tierra fértil: brotaron, crecieron y dieron fruto; produjeron: unas treinta, otras sesenta, otras cien. Y añadió: – El que tenga oídos para oír, que escuche. Los que le seguían junto con los Doce le preguntaron acerca de las parábolas. Y les añadió: – El que siembra, siembra la palabra. Unos son los que están junto al camino donde se siembra la palabra; en cuanto la escuchan, llega Satanás y se lleva la palabra sembrada. Otros son como lo sembrado en terreno pedregoso: cuando escuchan la palabra, la reciben con gozo; pero no tienen raíces, son inconstantes. Otros son como la semilla que cae entre espinos: escuchan la palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y los demás deseos ahogan la palabra y no la dejan dar fruto. Y otros son lo sembrado en tierra fértil: escuchan la palabra, la reciben y dan fruto al treinta o sesenta o ciento por uno.

REFLEXIÓN

Se plantean aquí al lector tres problemas: la significación de la parábola tal cual salió de los labios de Jesús; la importancia que Marcos le atribuye al incluirla en este lugar de su evangelio, y la explicación que le dió la iglesia primitiva. La parábola se interesa ante todo por la suerte de la semilla caída en cuatro terrenos diferentes. Las escenas están dispuestas de manera progresiva y optimista, para desembocar en un rendimiento extraordinario de la semilla. La recolección, imagen de los últimos tiempos, es tradicional en Israel; la novedad radica en la insistencia en torno a la laboriosa sementera que sirve de preparación. La explicación adquiere así un sesgo alegórico: cada escena de la parábola representa concretamente un tipo de conversión: no es ya tanto la semilla lo que cuenta, sino la forma con que es acogida. Jesús era optimista respecto al sentido de su misión; la iglesia primitiva parece algo más tensa y preocupada. La nuestra debe considerar cuánta semilla muere desperdiciada.