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Comentario al Evangelio – 9 de julio 2018

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Mt 9,18-26: Mi hija murió.

Ven y vivirá En aquel tiempo, mientras Jesús les explicaba, se le acercó un jefe, se postró ante él y le dijo: Mi hija acaba de morir. Pero ven a imponerle tu mano y ella recobrará la vida. 19Jesús se levantó y le siguió con sus discípulos. 20Entre tanto, una mujer que llevaba doce años padeciendo hemorragias, se le acercó por detrás y le tocó el borde de su manto. 21Pues se decía: Con solo tocar su manto, quedaré sana. 22Jesús se volvió y al verla dijo: ¡Ten confianza, hija! Tu fe te ha sanado. Al instante la mujer quedó sana. 23Jesús entró en casa del jefe y al ver a los flautistas y el barullo de gente, 24dijo: Retírense; la muchacha no está muerta, sino dormida. Se reían de él. 25Pero, cuando echaron a la gente, él entró, la tomó de la mano y la muchacha se levantó. 26El hecho se divulgó por toda la región.

Comentario

Jesús de Nazaret impactó de manera radical, no solo a sus discípulos (4,18-22), sino a todas las personas que escucharon e hicieron realidad sus palabras (cfr. Lc 19,1-10), a todos aquellos que se encontraron con Él a la orilla del camino (8,5-11) y compartieron con Él la mesa (9,9-13). Por su modo más humano de ser, por cargar con la situación del pecado, ir asumiendo a la persona en su dolor y no exigirle como condición previa su arrepentimiento para que acontezca en ella la misericordia de Dios. Ese impacto no se redujo a una experiencia superficial. La humanidad de Jesús, que trasciende a toda creencia, religión e ideología política, supone hoy, un desafío permanente porque nos invita a habilitar todas las posibilidades de humanización en las relaciones interpersonales, colectivas y culturales. ¿Nuestra fe en Jesús de Nazaret nos lleva a reconocer al otro, como posibilidad, proyecto y horizonte?