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Comentario al Evangelio – 9 de abril 2018

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Lc 1,26-38: Darás a luz un Hijo

Anunciación del Señor Primera lectura: Is 7,10-14; 8,10 La Virgen está encinta Salmo responsorial: Sal 39,7-11 Segunda lectura: Heb 10,4-10 Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad

El sexto mes envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, 27a una virgen prometida a un hombre llamado José, de la familia de David; la virgen se llamaba María. 28Entró el ángel a donde estaba ella y le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. 29Al oírlo, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué clase de saludo era aquél. 30El ángel le dijo: No temas, María, que gozas del favor de Dios. 31Mira, concebirás y darás a luz un hijo, a quien llamarás Jesús. 32Será grande, llevará el título de Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, 33para que reine sobre la Casa de Jacob por siempre y su reino no tenga fin. 34María respondió al ángel: ¿Cómo sucederá eso si no convivo con un hombre? 35El ángel le respondió: –El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el consagrado que nazca llevará el título de Hijo de Dios. 36Mira, también tu pariente Isabel ha concebido en su vejez, y la que se consideraba estéril está ya de seis meses. 37Pues nada es imposible para Dios. 38Respondió María: Yo soy la sirvienta del Señor: que se cumpla en mí tu palabra. El ángel la dejó y se fue.

Comentario

Celebrar la Anunciación del Señor es reconocer que el acontecimiento del encuentro de Dios con el ser humano es histórico-corporal. El relato evangélico explicita que la intimidad de Dios se encuentra con la intimidad de María. A través de la Palabra, Dios visita y entra en relación con la Virgen. Esta relación estará marcada por la alegría y la turbación. Toda experiencia entre la intimidad de Dios y la intimidad de un creyente está gobernada por estas dos realidades. La Palabra de Dios siempre provoca alegría. Es la invitación que el Ángel hace a María: ¡Alégrate! Dios sale al encuentro de las personas trayendo alegría a sus vidas. El contacto con la Palabra de Dios tiene que producir alegría en aquel que la recibe. Pero el encuentro con Dios trae también turbación e interrogantes. María se turbó. Y es cierto, siempre que el ser humano descubre la acción de Dios en su propia vida hay turbación, porque no termina de comprender cómo el amor de Dios puede acercarse a su pequeñez. En este acercamiento el creyente se volverá fecundo.