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Comentario al Evangelio – 8 de julio 2018

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Mc 6,1-6: No desprecian a un profeta más que en su tierra

14º Ordinario Procopio, mártir (303) Primera lectura: Ez 2,2-5 Pueblo rebelde, sabrán que hay un profeta Salmo responsorial: Sal 122,1-4 Segunda lectura: 2Cor 12,7b-10 Muy a gusto presumo mis debilidades

En aquel tiempo fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. 2 Un sábado se puso a enseñar en la sinagoga. Muchos al escucharlo comentaban asombrados: ¿De dónde saca este todo eso? ¿Qué clase de sabiduría se le ha dado? Y, ¿qué hay de los grandes milagros que realiza con sus manos? 3 ¿No es este el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas? Y esto era para ellos un obstáculo. 4 Jesús les decía: A un profeta solo lo desprecian en su tierra, entre sus parientes y en su casa. 5 Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo sanar a unos pocos enfermos a quienes impuso las manos. 6 Y se asombraba de su incredulidad. Después recorría los pueblos vecinos enseñando.

Comentario

Si algo hace falta en la dinámica misionera de la Iglesia y de nuestras comunidades hoy son profetas. Profetas para tiempos difíciles, de crisis y generadores de esperanza. El hecho de que hagan falta los profetas, no quiere decir que no existan. De hecho, hay muchos en nuestro mundo. Muchos hombres y mujeres alzan la voz, agudizan el oído, y abren su corazón para clamar justicia, reconciliación y una vida totalmente nueva. Gritan que la palabra de Dios no se puede amordazar ni domesticar, ni politizar. La llamada que Dios hace a través de estos hombres y mujeres, ayer como hoy, sigue siendo válida, actual y urgente.

Necesitamos personas con la memoria clara, la conciencia lúcida, que pese a todo lo compleja, injusta, violenta y peligrosa que está siendo la vida en estos últimos años, no hablen desde el odio o la derrota, sino sobre todo desde la convicción de que el sueño de Dios, una vida profundamente humana, sigue siendo posible. ¡Hoy más que nunca, necesitamos profetas cotidianos capacitados por la palabra de Dios, la memoria de Jesús, la experiencia de la comunidad, que sean capaces de atestiguar su fe con la propia vida de manera prospectiva!

El profeta rompe el silencio con su palabra incómoda. Rompe el silencio de quien se hace indiferente ante los problemas e injusticias de la vida. Del que “nada le importa”. El profeta rompe el silencio cómplice y cínico de quien acepta lo intolerable. Quiebra el silencio temeroso de quien huye de las responsabilidades y el conflicto, de quien huye de los fracasos, y de las posibilidades. Rompe el silencio de quien se siente satisfecho queriendo ocultar el mal estructural, sociopolítico, religioso o sectario. La ingenuidad y la modorra no pueden llevarnos la delantera. Es urgente recuperar a la persona de Jesús, su profunda humanidad. No podemos perder la perspectiva de la justicia de Dios, de su acción de rehabilitar la totalidad de existencia individual, comunitaria y cósmica, reestableciendo el orden querido por Él en nuestra humanidad. ¿Te sientes llamado o llamada a ser profeta al estilo de Jesús?