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Comentario al Evangelio – 7 de enero 2018

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Mc 1,7-11: Tú eres mi Hijo amado, mi preferido

Bautismo del Señor. Primera lectura: Is 55,1-11 Sellaré con ustedes una alianza Salmo responsorial: Interleccional: Is 12,2-6 Segunda lectura: 1Jn 5,1-9 La vida se manifestó.

En aquel tiempo proclamaba Juan: Detrás de mí viene uno con más autoridad que yo, y yo no soy digno de agacharme para soltarle la correa de sus sandalias. 8 Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo. 9 En aquel tiempo vino Jesús desde Nazaret de Galilea y se hizo bautizar por Juan en el Jordán. 10En cuanto salió del agua, vio el cielo abierto y al Espíritu bajando sobre él como una paloma. 11Se escuchó una voz del cielo que dijo: Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto.

Comentario

Para Jesús sentirse “Hijo amado” implica llevar una luz de esperanza a las personas que viven en la angustia y la miseria. Las palabras que Jesús descubre como un llamado de su Padre se las comunica el profeta Isaías en “el cántico del siervo” que aparece como primera lectura. Jesús acude al llamado de Juan al igual que una gran parte de Israel; pero, a diferencia de ellos, para Jesús se hace evidente la urgencia de realización de la alianza que Dios ha dejado como testamento de su voluntad, pues como dice Isaías te destiné a ser alianza del pueblo y luz de las naciones”. El bautismo de Juan es un llamado a todo el pueblo de Dios para que cambie su manera de pensar y se comprometa en un nuevo estilo de vida. La misión y el llamado de Juan Bautista se ubican en el desierto, símbolo de la peregrinación de Israel. Allí el pueblo de Dios tiene de manera permanente la posibilidad de reencontrarse con Dios y recuperar el ardor de la primera llamada que los condujo de la esclavitud a la tierra prometida. Juan propone el símbolo del bautismo para representar un cambio en la manera de pensar. La palabra bautismo significa inmersión. El pueblo es sumergido por Juan en las aguas del Jordán para representar el cambio necesario antes de dar el primer paso en la tierra prometida. El pueblo que escucha el llamado de Juan quiere renovarse en las aguas del Jordán y confesar su falta de fidelidad a la alianza que Dios ha hecho con ellos. Ya no serán más un pueblo tranquilizado en su conciencia por los ritos religiosos, sino un grupo humano nuevo, dispuesto a hacer realidad la alianza de Dios. El bautismo de Jesús va más allá de la inmersión en el agua y se convierte en una unción del Espíritu. Su tarea no va a consistir, como Juan, solo en un llamado a la conversión, sino en un testimonio de la urgencia y posibilidad de instaurar el Reino de Dios por medio de la conversión al evangelio y la fe en su capacidad de redimir la existencia humana. Al igual que Jesús los cristianos nos descubrimos como hijos amados, predilectos, enviados por el Padre a anunciar el evangelio ante la inminencia del Reino de Dios que ya se acerca. Para cualquier cristiano, el bautismo lo compromete a realizar la misma misión que Jesús se propuso.

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