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Comentario al Evangelio – 3 de julio 2018

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Jn 20,24-29: ¡Señor mío y Dios mío!

Tomás, apóstol (s. I) Primera lectura: Ef 2,19-22 Están edificados sobre los Apóstoles Salmo responsorial: Sal 116,1-2

Tomás, llamado Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Él replicó: Si no veo en sus manos la marca de los clavos, si no meto el dedo en el lugar de los clavos, y la mano por su costado, no creeré. 26A los ocho días estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa y Tomás con ellos. Se presentó Jesús a pesar de estar las puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: La paz esté con ustedes. 27Después dice a Tomás: Mira mis manos y toca mis heridas; extiende tu mano y palpa mi costado, en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. 28Le contestó Tomás: Señor mío y Dios mío. 29Le dice Jesús: Porque me has visto, has creído; felices los que crean sin haber visto.

Comentario

La Iglesia celebra hoy al apóstol Tomás; su vocación adquiere sentido para nosotros, personal y eclesialmente, porque se hizo “responsable” de la experiencia del Resucitado y del sostenimiento de la comunidad de fe. Dos son los aspectos fundamentales de este relato. El primero es la ausencia de Tomás del ámbito de la comunidad. Esta ausencia reviste una relevancia única: la manifestación de Jesús Resucitado tiene sentido en y por la relación con la comunidad. El segundo aspecto, es que nuestra fe es de algún modo heredada de la experiencia de la comunidad pospascual, porque es ella la que tiene experiencia de que el Resucitado, es el Crucificado. Se tiene conciencia de esto, no por “meter los dedos”, sino por la fe compartida de la comunidad y la experiencia de Dios en la propia vida. La fe cristiana no es una comprobación científica, sino una experiencia de encuentro trascendente y se da en la densidad de la vida.