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Comentario al Evangelio – 15 de mayo 2018

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Jn 17,1-11: Padre, glorifica a tu Hijo

Isidro Labrador (1130) Primera lectura: Hch 20,17-27 Cumplo el encargo del Señor Salmo responsorial: Sal 67,10-11.20-21

Jesús, levantando la vista al cielo, dijo: Padre, ha llegado la hora: da gloria a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria; 2 ya que le has dado autoridad sobre todos los hombres para que dé vida eterna a cuantos le has confiado. 3 En esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías. 4 Yo te he dado gloria en la tierra cumpliendo la tarea que me encargaste hacer. 5 Ahora tú, Padre, dame gloria junto a ti, la gloria que tenía junto a ti, antes de que hubiera mundo. 6 He manifestado tu nombre a los hombres que separaste del mundo, para confiármelos: eran tuyos y me los confiaste y han cumplido tus palabras. 7 Ahora comprenden que todo lo que me confiaste procede de ti. 8 Las palabras que tú me comunicaste yo se las comuniqué; ellos las recibieron y comprendieron realmente que vine de tu parte, y han creído que tú me enviaste. 9 Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has confiado, pues son tuyos. 10Todo lo mío es tuyo y lo tuyo es mío: en ellos se revela mi gloria. 11Ya no estoy en el mundo, mientras que ellos están en el mundo; yo voy hacia ti.

Comentario

Hemos hablado de la vida eterna en términos difíciles de comprender, poco asequibles y con palabras que terminan cargando a los cristianos de miedo. Jesús da una definición sencilla de vida eterna, nos transmite la experiencia de la vida que Dios quiere para que el hombre y la mujer lleguen a la plenitud. La vida eterna que Jesús propone es: conocer al Padre como al único Dios verdadero y a su enviado, Jesús el Mesías. En esta simplicidad está la clave. La experiencia de Dios y de Jesús es una realidad existencial, relacional. Jesús nos deja su misma herencia relacional con el Padre. Sus palabras, salidas de lo más íntimo de su ser, son una verdadera oración. No son fórmulas frías, no son rezos organizados para responder a un acto religioso. El Hijo nos regala su propio vínculo de relación con el Padre. Es lo que quiere que experimentemos para vivir en plenitud.