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Comentario al Evangelio – 13 de marzo 2018

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Jn 5,1-3.5-16: Al momento quedó sano

Ángel de Pisa (1275) Eufrasia, religiosa (410) Primera lectura: Ez 47,1-9.12: Manaba agua del templo Salmo responsorial: Sal 45,2-3.5-6.8-9

En aquel tiempo, celebraban los judíos una fiesta, y Jesús subió a Jerusalén. 2 Hay en Jerusalén, junto a la puerta de los Rebaños, una piscina llamada en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos. 3 Yacía en ellos una multitud de enfermos, ciegos, cojos y lisiados, que aguardaban a que se removiese el agua. 5Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. 6Jesús lo vio acostado y, sabiendo que llevaba así mucho tiempo, le dice: ¿Quieres sanarte? 7 Le contestó el enfermo: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando yo voy, otro se ha metido antes. 8 Le dice Jesús: Levántate, toma tu camilla y camina. 9 Al instante aquel hombre quedó sano, tomó su camilla y empezó a caminar. Pero aquel día era sábado; 10por lo cual los judíos dijeron al que se había sanado: Hoy es sábado, no puedes transportar tu camilla. 11Les contestó: El que me sanó me dijo que tomara mi camilla y caminara. 12Le preguntaron: ¿Quién te dijo que la tomaras y caminaras? 13Pero el hombre sanado lo ignoraba, porque Jesús se había retirado de aquel lugar tan concurrido. 14Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: Mira que has sanado. No vuelvas a pecar, no te vaya a suceder algo peor. 15El hombre fue y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. 16Por ese motivo perseguían los judíos a Jesús, por hacer tales cosas en sábado.

Comentario

La visión de Ezequiel consiste en una vida exuberante alimentada desde el santuario, totalmente santificada por Dios. Para el profeta el templo debe ser la fuente de santidad, pues en ningún lugar de la tierra la presencia de Dios podría ser más tangible. La santidad de Dios es su propia presencia vital y desborda cualquier límite que le coloquemos. El profeta lo induce en ese vigoroso torrente que crece en profunda vitalidad, y que nos obliga a pensar que la santidad de Dios está indisolublemente ligada a la vida. La vida saludable no es elprivilegio social de unos cuantos, sino un derecho inherentea la vida misma, que le corresponde a cada persona y ser vivo. Ningún derecho asiste a quien daña la vida. La madre tierra padece los efectos de quienes se han arrogado el derecho a violentarla, a violar el equilibrio ecológico; y nosotros, sus hijos, los sufrimos. La palabra de Dios nos impide quedarnos paralizados ante los crímenes ecológicos. La cuaresma debe lanzarnos a trabajar por la vida saludable para todos.

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