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Comentario al Evangelio – 12 de marzo de 2017

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Su rostro resplandecía como el sol

Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. 2 Delante de ellos se transfiguró: su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz. 3 De pronto se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien se está aquí! Si te parece, armaré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. 5 Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les hizo sombra y de la nube salió una voz que decía: Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escúchenlo. 6 Al oírlo, los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo. 7 Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ¡Levántense, no tengan miedo! 8 Cuando levantaron la vista, sólo vieron a Jesús. 9 Mientras bajaban de la montaña, Jesús les ordenó: No cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.

La historia de la elección de un pueblo inicia con una migración. Migrar representa un cambio total. La gente emigra para sobrevivir, obligada por las circunstancias, sean económicas, sociales o ideológicas. Esa necesidad de salida, la lectura del Génesis la expresa como una orden de Dios a Abrán, para que deje la tierra donde ha vivido y tome distancia de su casa paterna. Además, Dios le da un sueño. No hay migrante sin sueño, pues es el motor de vida en los entornos nuevos plagados de adversidad. Riqueza, fama y poder jalan los pasos del caminante. Ese ideal acariciado cada amanecer impulsa el caminar, un estilo de vida. No se consigue de repente, se cincela paso a paso, con fe y tesón. Abrán creyó y “se marchó. Comenzó su migración, una transformación total.

Al migrar, se deja todo lo que se tiene para ir tras de un “todo” intangible. Abrán es el padre de la fe, el padre de todos los migrantes que creen. Ser migrante es buscar los bienes que sustenten y den salud, es luchar por la dignidad y por una comunidad vivible, es fomentar formas pacíficas y honorables de resolver conflictos. Es buscar lo intangible. La Biblia lo dice con tierra, multitud de hijos y bendición universal. 

En el evangelio miramos a Jesús transfigurado, deslumbrante; transformación de gloria. La gloria es la plenitud de la comunión de Jesús con Dios y con los suyos, sus discípulos. Allí nada falta; todo es deleite y gozo. Pedro, Santiago y Juan contemplan la gloria de Dios cuando Jesús conversa con Moisés y Elías. El padre de la ley y el padre de los profetas, es decir, el de la constitución misma del pueblo elegido y el de su fe en la historia; ellos son los interlocutores del misterio pascual de Cristo. Es en el diálogo de la fe cristiana con la historia y la cultura particulares, que debe ser continua para que se transforme en gloria para el pueblo mesiánico. No olvidemos que esa gloria pasa por la cruz, es decir, por la muerte y la resurrección. Cuando separamos la gloria de la cruz, buscamos la satisfacción de los propios intereses.

La Cuaresma nos da la oportunidad de recuperar nuestra condición de migrantes y peregrinos de la gloria; de recuperar el ideal de vida, de revisar los sueños que nos mueven para purgar lo que haya de mezquino. Recuperemos la fe. Busquemos la gloria. Pongámonos a la escucha de Dios y de su llamada, la que nos ha hecho en Cristo Jesús; estamos llamados a ser gloria del Mesías.

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