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Comentario al Evangelio – 11 de marzo de 2017

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Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: 43Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. 44Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, oren por sus perseguidores. 45Así serán hijos de su Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos. 46Si ustedes aman sólo a quienes los aman, ¿qué premio merecen? También hacen lo mismo los recaudadores de impuestos. 47Si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? También hacen lo mismo los paganos. 48Por tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el cielo.

La novedad tiene algo que atrae al ojo y satisface las ansias de la inteligencia y los afectos. Lo nuevo destaca y distingue, atrae las miradas. Y esto es justamente lo que Jesús busca de sus seguidores: que se distingan, sean diferentes y llamen la atención. El discípulo es alguien diferente a los demás por algo nuevo: su semejanza con Dios. Jesús enseña que Dios ama igual a todos sus hijos, malos y buenos, justos e injustos. En este amor indiscriminado de Dios funda Jesús su mandato de amar a los enemigos, mandato nuevo que parece utópico e inalcanzable si no rebasamos los modos de nuestra justicia. Amamos a los enemigos no por salud psicológica ni por evitar conflictos. No. La razón que Jesús da es que de ese modo brillará nuestra filiación divina. Como popularmente se dice: “Hijo de tigre, pintito”. No nos queda sino “mostrar nuestras rayas”. En el amor, el cristiano tiene una sola opción. Amar indiscriminadamente es el amor perfecto, el sol de nuestro Padre Dios.

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