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Comentario al Evangelio 11 de noviembre

Lc 17, 7-10: Hemos hecho lo que teníamos que hacer

Supongamos que uno de ustedes tiene un sirviente arando o cuidando los animales, cuando éste vuelva del campo, ¿le dirá que pase en seguida y se ponga a la mesa? No le dirá más bien: prepárame de comer, ponte el delantal y sírveme mientras como y bebo, después comerás y beberás tú. ¿Tendrá aquel señor que
agradecer al sirviente que haya hecho lo mandado? 10 Así también ustedes: cuando hayan hecho todo lo mandado, digan: Somos simples sirvientes, solamente hemos cumplido nuestro deber.

Humanamente se entiende que toda acción, sea gratificada, compensada con algo, resaltada ante los demás; eso forma parte de los estímulos que necesitamos para crecer, para demostrar nuestras capacidades y talentos. Sin embargo, Jesús nos plantea hoy otra cosa muy diferente: no hay que esperar gratificaciones, ni aplausos, ni menciones especiales por las tareas que realizamos en la construcción del Reino, nos basta con saber que cada buena acción es un granito de arena que ponemos para que el Reino crezca; además, la gratificación más grande, la mejor compensación -porque sí la hay- es ver cómo el Padre multiplica por ciento el granito de arena que cada uno ponemos para la construcción de su Reino. No se trata, por tanto, de buscar reconocimientos y aplausos; por quedarse en esto, muchos se
sienten frustrados, su autoestima anda “bajo cero”, sus hermanos son unos inconscientes, unos ciegos y torpes que no ven las cosas buenas que hago… En estos casos, no estoy aportando a la construcción del Reino; tal vez estaré más bien luchando por inflar mi ego, pero no al Reino. Digamos con fe: gracias, Señor, por permitirme trabajar en tu Reino; aumenta mis fuerzas, pero sobre todo, mi fe.

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Comentario al Evangelio – 10 de noviembre

Lc 17, 1-6: Si siete veces vuelve a decirte: Lo siento, lo perdonarás
A sus discípulos les dijo: –Es inevitable que haya escándalos; pero, ¡ay del que los provoca! Más le valdría que le ataran en el cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños. 3Estén en guardia: si tu hermano peca, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo. Si siete veces al día te ofende y siete veces vuelve a ti diciendo que se
arrepiente, perdónalo. Los apóstoles dijeron al Señor: –Aumén- tanos la fe. El Señor dijo: –Si tuvieran fe como una semilla de mostaza, dirían a [esta] morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y les obedecería.

Uno de esos pasajes “incómodos” del evangelio es precisamente este; cierto que son un lineamiento extraordinario para una ética personal y comunitaria diríamos que perfecta; pero, en qué está lo incómodo: en que la corrección fraterna requiere no tanto la palabra suave, comprensiva, amable…
requiere, por encima de todo, un testimonio personal de vida evangélica capaz de lograr la autoconfrontación con mi hermano a partir de lo que él ve en mí; de lo contrario, ¿con qué caravoy yo a reprender a mi hermano? El perdón a mis semejantes: una vez, dos veces, quizás hasta tres veces podría ser que lo hagamos; de ahí en adelante ya nos “rascamos la cabeza” y a lo mejor preferimos romper relaciones con ese hermano, “no tiene remedio”. Esto si nos quedamos en la letra del texto; es decir, en el número de veces que tenemos que perdonar; pero si nos fijamos más bien en la calidad del
perdón que debemos ofrecer, las cosas cambian. Miremos, entonces, el asunto de la corrección fraterna y del perdón desde la necesidad de cualificar mejor nuestra vida evangélica, y para ello no nos cansemos de insistir Señor, auméntanos la fe; esta es la clave.

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Comentario al Evangelio – 9 de noviembre

Evangelio     Jn 2, 13-22

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: “Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio”. Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá. Entonces los judíos le preguntaron: “¿Qué signo nos das para obrar así?”. Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar”. Los judíos le dijeron: “Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”. Pero él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

 

Un lugar lo hacen las personas que lo habitan. Los paraísos pierden su encanto si no podemos disfrutarlos en amistad con otros. Un sitio de pobres medios puede estar lleno del calor de la ternura y la compañía.

Jesús reclama la dignidad y el valor del templo, al que llama “la casa de mi Padre”. La importancia y el valor del templo también vienen de Aquel que lo habita y su belleza se refleja en las actitudes del corazón de sus fieles.

La Dedicación de la Basílica de Letrán nos recuerda la comunión de las Iglesias con la primera Iglesia de Roma en la unidad de la fe, lugar del encuentro con Dios. La comunión con la Catedral del Papa expresa la unidad de las iglesias, que forman un edificio sobre el único cimiento que es Jesucristo.

 

 

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Comentario al Evangelio 8 de noviembre

LC 16, 9-15: El que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho

Y yo les digo que con el dinero sucio se ganen amigos, de modo que, cuando se acabe, ellos los reciban en la morada eterna. El que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho; el que es deshonesto en lo poco, es deshonesto en lo mucho. Si con el dinero sucio no han sido de confianza, ¿quién les confiará el legítimo? Si con lo ajeno no han sido de confianza, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? 13Un empleado no puede estar al servicio de dos señores: porque odiará a uno y amará al otro o apreciará a uno y despreciará al otro. No pueden estar al servicio de Dios y del dinero. Los fariseos, que eran muy amigos del dinero, oían todo esto y se burlaban de él. Él les dijo: –Ustedes pasan por justos ante los hombres, pero Dios los conoce por dentro. Porque lo que los hombres tienen por grande Dios lo aborrece.

A propósito de la parábola que nos narraba el evangelio de ayer, Jesús continúa su enseñanza, de puro corte sapiencial. Hoy se refiere concretamente a las actitudes tan diversas que suscitan el dinero y la riqueza en el corazón humano. No se trata de una condena a la riqueza porque es riqueza; se trata de un llamado al seguidor de Jesús para que en todo momento sepa discernir cuál es exactamente su posición y su relación con los bienes materiales; la evocación del empleado que no puede servir a
Dios y al dinero al mismo tiempo, es perfectamente aclaradora. El discipulo de Jesús tiene en el centro de su proyecto el evangelio de la justicia, la fraternidad y la solidaridad; pero somos seguidores de carne y hueso, no somos “espíritus puros”, necesitamos subsistir, cubrir diariamente necesidades personales y familiares, en fin, tenemos que dedicar gran parte de nuestro tiempo a la búsqueda de medios económicos para poder vivir de manera medianamente digna. Con todo, no quiere decir esto que estemos en contravía del evangelio, lo importante es tener claro que el dinero es un simple medio para la sobrevivencia, no un fin en sí mismo.

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Comentario al Evangelio 7 de noviembre

Lc 16, 1-8: Los hijos de este mundo son más astutos

A los discípulos les decía: –Un hombre rico tenía un administrador. Le llegaron quejas de que estaba derrochando sus bienes.

Lo llamó y le dijo: –¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuentas de tu administración, porque ya no podrás seguir en tu puesto. El administrador pensó: ¿Qué voy a hacer ahora que el dueño me quita mi puesto? Para cavar no tengo fuerzas, pedir limosna me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que,
cuando me despidan, alguno me reciba en su casa. Fue llamando uno por uno a los deudores de su señor y dijo al primero: –¿Cuánto debes a mi señor? Contestó: –Cien barriles de aceite. Le dijo: –Toma el recibo, siéntate enseguida y escribe cincuenta. Al segundo le dijo: –Y tú, ¿cuánto debes? Contestó: –Cuarenta toneladas de trigo. Le dice: –Toma tu recibo y escribe treinta. El dueño alabó al administrador deshonesto por la astucia con que había actuado. Porque los hijos de este mundo son más astutos con sus semejantes que los hijos de la luz.

Una buena clave para comprender mejor cada una de las parábolas narradas por Jesús es tratar de descubrir el doble objetivo que buscaba Jesús a través de ellas: denunciar y anunciar. Miremos qué es lo que denuncia Jesús aquí: salta a la vista que lo que Jesús quiere poner en evidencia es la tremenda corrupción administrativa de su tiempo, corrupción que toca todas las esferas del sistema; esto es, la política, la economía, la religión. ¿No nos hemos sentido admirados también nosotros por la diversidad de formas de corrupción que campea hoy en nuestros países o ciudades, pero sobre todo por la sagacidad y la astucia con que actúan los corruptos? Cierto que esta no es una conducta que debamos imitar; aunque el administrador es felicitado por su patrón, es claro que la parábola está denunciando toda forma de corrupción; sin embargo, a partir de algo tan negativo Jesús invita a utilizar también la sagacidad y la astucia en las tareas de implantación del Reino. Y esa debería ser una súplica constante al Señor: que nos ayude a ser más sagaces, más astutos, más audaces en las tareas de denuncia y de anuncio del reinado de Dios entre nosotros.

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Comentario Evangelio 6 de noviembre

LC 15, 1-10: Alégrense conmigo

Todos los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban a escuchar. Los fariseos y los doctores murmuraban: –Éste recibe a pecadores y come con ellos. Él les contestó con la siguiente parábola: –Si uno de ustedes tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va a buscar la extraviada hasta encontrarla? Al encontrarla, se la echa a los hombros contento, se va a casa, llama a amigos y vecinos y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la oveja perdida. Les digo que, de la misma manera habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos
que no necesiten arrepentirse. La moneda perdida. Si una mujer tiene diez monedas y pierde una, ¿no enciende una lámpara, barre la casa y busca con mucho cuidado hasta encontrarla? Al encontrarla, llama a las amigas y vecinas y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la moneda perdida. Les digo que lo mismo se alegrarán los ángeles de Dios por un pecador que se arrepienta.

Como bien sabemos, las palabras y gestos de Jesús no son recibidas de la misma forma por todos; para unos son motivo de alegría, de liberación, de Buena Noticia; para otros, son cosas absurdas, incomprensibles, nada parecido a buen anuncio. Especialmente estos últimos son los que lo critican, los que andan buscando siempre un motivo para tener de qué acusarlo; estos, tienen nombre propio: fariseos
y doctores de la ley. ¡Qué contradicción!

Justamente, los que mejor conocen la ley y la Escritura, son los que más se cierran en las palabras y signos de Jesús; por eso, ellos no pueden ver en el comportamiento de Jesús el acercamiento total y definitivo de Dios a los que la ley considera impuros o excluidos, y en lugar de sentirse tocados por el amor con que Jesús los acoge y come con ellos, los legalistas murmuran y critican. Para darles
aún más motivo de murmuración, Jesús se deja venir con tres parábolas (la tercera es la del hijo pródigo) donde queda bien ilustrada la misericordia, el amor y la predilección del Padre por los pecadores, no tanto por lo que se sienten ya justos porque “cumplen” la ley.

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Comentario al Evangelio 5 de noviembre

Lc 14, 25-33: Quien no carga con su cruz

Le seguía una gran multitud. Él se volvió y les dijo: –Si alguien viene a mí y no me ama más que a su padre y su madre, a su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Quien no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo. Si uno de ustedes pretende construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No suceda que, habiendo echado los cimientos y no pudiendo completarla, todos los que miran se pongan a burlarse de él diciendo: éste empezó a construir y no puede concluir. Si un rey va a enfrentarse en batalla contra otro, ¿no se sienta primero a deliberar si podrá resistir con diez mil al que viene a atacarlo con veinte mil? 32 Si no puede, cuando el otro todavía está lejos, le envía una delegación a pedir la paz. Lo mismo cualquiera de ustedes: quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo.

En el seguimiento de Jesús no cuenta tanto la cantidad cuanto la calidad. Un maestro, un líder, un pastor, un político de cualquier época se sentirían dichosos si tuvieran detrás una multitud que los siga y los halague; no así Jesús.

Precisamente al ver la multitud que lo sigue, inmediatamente entiende que en lo que tiene que ver con el seguimiento y la construcción del Reino, el asunto no es de números; el asunto es de conciencia transformada y transformadora.

Precisamente, una conciencia transformada es la que logra establecer mediante un profundo discernimiento cuáles son las prioridades a la hora de optar por el evangelio del Reino, cuáles
son los obstáculos y ataduras personales que impiden un seguimiento radical: ¿la familia? ¡Cómo, si es la célula de la sociedad, y en nuestros días es célula de la Iglesia! Pues precisamente porque Jesús ha visto y es consciente de que en su tiempo la familia era en muchos casos obstáculo para el crecimiento
personal, para la opción autónoma y libre de un estado de vida de los individuos, por eso Jesús menciona a la familia como primera ligazón que es necesario revisar para poder seguirle.

¿Qué rasgos de opresión subsisten todavía en la familia y cómo superarlos?

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Comentario Evangelio 4 de noviembre

Uno de los invitados, al oírlo, dijo: –¡Dichoso el que se siente al banquete del reino de Dios! Jesús le contestó: –Un hombre daba un gran banquete, al que invitó a muchos. Hacia la hora del banquete envió a su sirviente a decir a los invitados: Vengan, ya todo está preparado. Pero todos, uno tras otro se fueron disculpando. El primero dijo: He comprado un terreno y tengo que ir a examinarlo; te ruego me disculpes. El segundo dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos; te ruego me disculpes. El tercero dijo: Me acabo de casar y no puedo ir. El sirviente volvió a informar al dueño de casa. Éste, irritado, dijo al sirviente: Sal rápido a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a pobres, mancos, ciegos y cojos. Regresó el sirviente y le dijo: Señor, se ha hecho lo que ordenabas y todavía sobra lugar. El
señor dijo al sirviente: Ve a los caminos y veredas y oblígalos a entrar hasta que se llene la casa. Porque les digo que ninguno de aquellos invitados probará mi banquete.

Dichoso el que se siente en el banquete del Reino de Dios, expresión que lanza uno de los invitados a la comida donde fue invitado también Jesús, recordemos que estamos en ese contexto.

Seguramente aquel invitado era también un fariseo como su anfitrión. Y bien, al verse en casa de un fariseo, rodeado de fariseos y conocedor a profundidad de la mentalidad farisaica de su época, Jesús aprovecha para corregir ese modo de pensar. Delante de ellos demostró que es perfectamente posible “violar” el sábado cuando de hacer el bien se trata; ya les enseñó cuál es la dinámica esencial para la construcción del Reino, y ahora a propósito de la expresión de uno de los comensales, Jesús intenta corregir, mediante una bellísima parábola, la falsa seguridad que produce el legalismo. Efectivamente, Jesús sabía que según la mentalidad legalista de los fariseos, ellos tenían ganado ya un puesto de honor en el banquete escatológico del Reino; sin embargo, desde la perspectiva que muestra la parábola,
quienes se sienten tan seguros son precisamente los que quedan por fuera del banquete. Examinemos cuáles son las trabas que ponemos hoy a la invitación constante de Jesús a participar en ese banquete que él nos ofrece.

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Comentario Evangelio 3 de noviembre

Lc 14, 12-14: No invites a tus amigos, sino a pobres y lisiados

Al que lo había invitado le dijo: –Cuando ofrezcas una comida o una cena, no invites a tus amigos o hermanos o parientes o a los vecinos ricos; porque ellos a su vez te invitarán y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, mancos, cojos y ciegos. Dichoso tú, porque ellos no pueden pagarte; pero te pagarán cuando resuciten los justos.

La invitación de un fariseo a Jesús para que comiera en su casa se convierte en marco perfecto donde acontecen varias cosas: primera, Jesús sana a un hidrópico; segunda, Jesús demuestra con hechos cómo en el Reino no hay excluidos, y tercera, Jesús se pronuncia sobre algunas de las características más importantes del Reino. Para Jesús está claro que en la construcción del Reino de Dios tienen que intervenir dinámicas y actitudes muy distintas a las que comúnmente se emplean en la sociedad. Digamos que lo más común y frecuente es que en un evento cualquiera, uno quiere estar entre los primeros puestos; siempre andamos carentes de reconocimiento, de alguien que se fije en nosotros; cuando se trata de relacionarse con otros, entablar lazos de amistad, de roce social, uno piensa en personas de “bien”, nunca en los ignorados de siempre, ¡y tanto que hablamos de los ignorados y excluidos! Según la mentalidad de Jesús, en la realidad del Reino, las cosas funcionan de manera diferente. Deberíamos
tener siempre a mano estos criterios que nos da hoy Jesús para ir midiendo el grado de acercamiento o de distancia al ideal del Reino que todos queremos.

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Comentario al Evangelio 2 de noviembre

Mc 15,33-39; 16, 1-6: Jesús, dando un fuerte grito, expiró

Al mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde. A esa hora Jesús gritó con voz potente: –Eloi eloi lema sabaktani –que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?– Algunos de los presentes, al oírlo, comentaban: –Está llamando a Elías. Uno empapó una esponja en vinagre, la sujetó a una caña y le ofreció de beber diciendo:–¡Quietos! A ver si viene Elías a librarlo. 37 Pero Jesús, lanzando un grito, expiró.

El velo del santuario se rasgó en dos de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo expiró, dijo: –Realmente este hombre era Hijo de Dios. Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María de Santiago y Salomé compraron perfumes para ir a ungirlo. El primer día de la semana, muy temprano, llegan al sepulcro al salir el sol. Se decían: –¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? Alzaron la vista y observaron que la piedra estaba corrida. Era muy grande. Al entrar al sepulcro, vieron un joven vestido con un hábito blanco, sentado a la derecha; y quedaron sorprendidas. 6 Les dijo: –No tengan miedo. Ustedes buscan a Jesús Nazareno, el crucificado. No está aquí, ha resucitado. Miren el lugar donde lo habían puesto.

Podríamos decir que el denominador común de todas las lecturas de este domingo es la esperanza en el encuentro definitivo con Dios. La liturgia de hoy nos invita a recordar a nuestros difuntos y a orar por y con ellos. Por ellos, como encomendándolos a las manos misericordiosas de Dios Padre-Madre; con ellos, porque al estar ya en la presencia de Dios, esos hermanos se convierten también en nuestros intercesores ante él. Para ayudarnos a que ese recuerdo de nuestros seres queridos que partieron definidamente de nuestro lado tenga sobre todo ese tinte de alegre esperanza, la liturgia nos presenta los versículos de Marcos que narran la muerte de Jesús; si miramos bien, lo que se resalta en estos versículos, no es tanto la muerte, sino otras dos cosas mucho más importantes: el dato de que el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo (v.38) y la confesión del centurión romano: realmente este hombre era Hijo de Dios (v.39). Sin embargo, no es este el centro del mensaje para este día; el plato fuerte de hoy está en los versículos siguientes: Jesús, ese que ha muerto a manos de los enemigos del
Reino, ese, cuya muerte rasgó de arriba abajo el velo del santuario, no está aquí, ha resucitado (16, 6). La muerte y la resurrección de Jesús son desde entonces la mejor motivación para enfrentar nuestra muerte y confiar en nuestra propia resurrección. No cabe duda de que la muerte es para nosotros un misterio, un paso ante el cual quizás se siente temor, miedo, incertidumbre. Ante esta realidad, muchos
sienten pánico, pesimismo, ¿qué sentido tiene la vida si al final tenemos que morir? ¿Para qué luchar, para qué preocuparnos por lograr mejor calidad de vida si de todos modos terminaremos en una tumba? Las palabras previas al anuncio de la resurrección de Jesús son verdadero motivo de fe y de esperanza: no
tengan miedo (16, 6). Casualmente, esta frase es de uso muy frecuente en el Antiguo Testamento; puesta casi siempre en labios de Dios, es tremendamente consoladora, alentadora y cargada siempre de una energía y optimismo únicos. El mismo Jesús la utiliza en contextos donde hay que calmar y transmitir optimismo. Y esa debería ser también la mejor expresión para consolar a las personas que lloran la partida de un ser querido: no tengan miedo, el que resucitó a Jesús, también nos resucitará a nosotros.

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Comentario al Evangelio 1º noviembre

Mt 5, 1-12a: Estén alegres y contentos.

Al ver a la multitud, subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos. Tomó la palabra y comenzó a enseñarles del siguiente modo: Felices los pobres de corazón, porque el reino de los cielos les pertenece. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los desposeídos, porque heredarán la tierra.Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia. Felices los limpios de corazón, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios. Felices los perseguidos por causa del bien, porque el reino de los cielos les pertenece. Felices ustedes cuando los injurien y los persigan y los calumnien [falsamente] de todo por mi causa. Alégrense y pónganse contentos porque el premio que les espera en el cielo es abundante.

Nos invita la Iglesia hoy a celebrar la memoria de todos los Santos, una festividad tradicional en la cual recordamos a todos aquellos que de un modo u otro se esforzaron por vivir en radicalidad el evangelio de Jesús. Y la misma liturgia de hoy nos sugiere por dónde hay que comenzar si queremos vivir esa radicalidad evangélica. Desde muy niños escuchamos hablar de las bienaventuranzas; muchísimos cristianos las aprendieron de memoria cuando la “doctrina cristiana” había que memorizarla sin que se conozca hasta hoy cuáles fueron los efectos reales de ese método; sin embargo, ¿cuántos cristianos tienen como fundamento de su proyecto personal las bienaventuranzas? Cada una de las bienaventuranzas encierra en sí misma grandes avances en el crecimiento personal, pero con unas proyecciones comunitarias enormes; a este paso, ¿cuántas comunidades tendrán en sus planes pastorales el tema de las bienaventuranzas como eje y fundamento de sus acciones? De acuerdo con la intencionalidad narrativa de Mateo, las bienaventuranzas son el punto de partida del proyecto de vida de Jesús, ellas mueven todo su ministerio de anuncio y realización del Reino; ¿seremos capaces nosotros de apuntarle a un proyecto personal y comunitario basados en este mismo sueño de Jesús?

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Comentario Evangelio 31 de octubre

Lc 14, 1-6: ¿Está permitido sanar en sábado o no?

Un sábado entró Jesús en casa de un jefe de fariseos para comer, y ellos lo vigilaban. 2Se le puso delante un hidrópico. Jesús tomó la palabra y preguntó a los doctores de la ley y Ellos callaron.
fariseos: –¿Está permitido sanar en sábado o no?

Jesús tomó al enfermo, lo sanó y lo despidió. Después les dijo:

–Supongamos que a uno de ustedes se le cae un hijo o un buey a un pozo: ¿acaso no lo sacará enseguida, por más que sea sábado?

Y ellos no supieron qué responderle.

Nos encontramos con un nuevo signo de salvación por parte de Jesús, esta vez no en una sinagoga, sino en una casa. Es importante que nos fijemos siempre el lugar donde Jesús actúa: campo abierto, sinagoga o casa; y con respecto a la casa, es bueno especificar quién es el dueño: ¿un fariseo? ¿Un cobrador de impuestos? ¿De alguien cercano a los suyos, como la de la suegra de Pedro? ¿De un funcio- nario romano? A través de esta identificación de los lugares de acción de Jesús nos damos cuenta de que en el campo abierto está des- parramado todo el pueblo, vejado, oprimido, que van como ovejas que no tienen pastor; en contraposición, están la sinagoga y la casa -familia-, instituciones que deberían ser lugares abiertamente orientados a la humanización y rescate del pueblo, pero que en realidad no cumplen esa función. En esos lugares Jesús se hace presente, y su paso por ahí no es indiferente, es transformador, salvador, como transformador y salvador debería ser el paso de cada cristiano por los lugares que equivalen hoy a aquellos de la época de Jesús: la familia, la escuela, la Iglesia…